Claudia Marcucetti Pascoli

Instrucciones para vivir en sociedad

Claudia Marcucetti Pascoli

Pedro Friedberg en casa de Moisés Zabludovsky

10 de Septiembre de 2012
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Instrucciones para vivir en sociedad

Me perdí la exposición de mi genial amigo Pedro Friedberg el jueves 6 en la galería Ethra (ubicada en una impresionante casa porfiriana en la colonia Juárez) porque se empalmó con la presentación de mi libro, Heridas de agua. Por eso, y porque tenía muchas ganas de verlo, acudí a la cena que le organizó el pasado fin de semana Moisés Zabludovsky, en la que fuera la casa del padre de este último, el arquitecto Abraham Zabludovsky, q.e.p.d. La ocasión se debía a la inauguración de un patio que iba a ser dedicado a la perra de la familia, Renée, pero que, por una serie de razones que el ahora residente de la espléndida obra arquitectónica de colores vivos y muros martelinados, nos explicó en un divertido relato (impreso en la ventana de su cocina) acabó por llamarse Patio Pedro Friedberg.

La cosa es que me divertí mucho porque Pedro es simplemente fantástico: ya muero por leer su libro De vacaciones por la vida, una edición de la querida Deborah Holtz, que está en mi buró en espera de que termine los urgentes. Pero eso ya lo sabía yo, lo que en cambio resultó para mí sorpresivo, fue la creatividad de Moises, quien nos hizo un C.H.O.U. (es decir nos impartió una Conferencia Heterogénea sobre sus Objetos Utilitarios) en donde nos abrió sus maletas, mostrándonos lo que tiene dentro de sí un artista (un enorme rollo), nos presumió su interpretación de lo que le había pasado a Nueva York en 2001 (es decir una castración con todo y serrucho), nos informó para qué servían los críticos de arte (para levantar los brazos de los artistas), nos dio de cenar en platos de su autoría (que minutos antes estaban colgados en la sala), nos embelesó con la voz de una soprano poblana cuyo nombre no me puedo acordar, y acabó por tirarnos rollos de papel, que tuvimos que cachar si pretendíamos ir al baño. El público, un grupito selecto sentado en forma de trenecito, aplaudió, rió y se divirtió como pocas veces.

Felicidades al anfitrión por su originalidad y gracias por esta increíble cena-chou. ¡Y felicidades a Pedro, por ser simplemente Pedro! Voy a aprovechar que lleva una semana teniendo correo electrónico para mandarle esta nota… junto con un enorme beso.

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